Desapareció una noche, mientras la ciudad duerme

“Desapareció una noche” (“Gone Baby Gone”) es el primer largometraje del actor Ben Affleck, transposición de la novela homónima escrita por el mismo autor de “Mystic River”, Dennis Lehane. Junto al guionista Aaron Stockard, quien ya conocía a Affleck desde el exitoso proyecto “ Good Will Hunting”/ “En busca del destino” (1997, dirigida por Gus Van Sant), el actor devenido en promisorio director porno logra una película intensa que dispara complejos planteos morales.
“Desapareció una noche” se focaliza en los personajes de Patrick Kenzie (Casey Affleck en un excelente y discreto trabajo actoral) y Angie Genarro (Michelle Monaghan), una pareja -también a nivel sentimental- de detectives privados locales que son contratados por los tíos Beatrice y Lionel Mc Cready (Amy Madigan y Titus Welliver, respectivamente) de la desaparecida Amanda, de tan sólo cuatro años.
Pese a que la policía bostoniana trabaja denodadamente a partir de su unidad especializada en secuestros y desapariciones infantiles, liderada por Jack Doyle (Morgan Freeman) y sus detectives Remy Bressant (Ed Harris) y Nick Poole (John Ashton), Beatrice está convencida de que sólo Patrick y Angie pueden encontrar pistas investigando a los locales que no desean hablar con la policía. Y he aquí el punto en el que Ben Affleck despliega su potencial como narrador: en la descripción del elemento humano local, reforzado desde un casting de actores bostonianos no profesionales para los roles de reparto.
Situada en Dorchester, un barrio obrero y suburbano de Boston (en esa Massachussetts que vio crecer a los hermanos Affleck), “Desapareció una noche” recorre aguzadamente los rostros y las semblanzas de una topografía que va más allá de la mera exposición de la escena de un sospechado crimen; se trata de un magnífico inventario de particularidades humanas, lealtades casi tribales y ese localismo parroquiano que atraviesan el film, una y otra vez: los saldos de la inmigración irlandesa, vietnamita y la proveniente de Cabo Verde así como la movilización de un vecindario henchido de, precisamente, ese particular orgullo local. Como en “Good Will Hunting”, “Mystic River” y “The Departed”, “Gone Baby Gone” es absolutamente verosímil en esta reseña de la etnia y enclaves obreros bostonianos donde conviven personajes de cuidado que se hacen llamar porno, Big Dave y Skinny Ray
El haber crecido en Dorchester le reporta a los detectives un plus de desenvolvimiento en medio de una investigación que se emparenta con otra (el caso de un inmundo pederasta amparado por una pareja de delictivos cocainómanos) y que descubre capas y más capas de secretos y corrupción, incluyendo la sospecha de que la adicción a las drogas de la irresponsable madre de Amanda (Amy Ryan en una muy buena performance como Helene) haya contribuido al rapto de la pequeña y su posible muerte.
Así, cuanto más ahonda en la verdad Patrick, más se encuentra a sí mismo traspasando el umbral donde la diferencia entre el bien y el mal es muy difícil de distinguir. Y allí es donde el futuro de su pareja con Angie se puede hipotecar con tan sólo una decisión. Esta es la compleja intensidad -‘ontológica’- de “Gone baby Gone”: los personajes tan definidos y tan lejanamente arquetípicos, los matices de su accionar en el entramado de una ambigüedad moral que se sitúa más del lado de una osada decisión posiblemente (y sólo posiblemente) salvífica que del simple planteo policial-delictivo.
Tal es lo que trasluce el rostro de Patrick, sentado en el living de Helene, al final del film: los interrogantes acerca del precio a pagar por ‘hacer lo correcto’ a la vez que nosotros, los espectadores, junto con Patrick, nos preguntamos cuál es el alcance de la proverbial frase ‘hacer lo correcto’.