El sospechoso, la vigorosidad del relato cinematografico

“El Sospechoso” constituye uno de los últimos filmes en cartelera que trasciende por su propuesta narrativa. Efectivamente, la contundencia de su relato sobresale, aliándose a un historia de por sí movilizadora. Comencemos, pues, por ésta: un ingeniero químico egipcio, nacionalizado estadounidense, es literalmente secuestrado por la policía secreta de un país del porno argentino, a partir de una infundada orden impartida por un alto mando de la CIA, Corrine Whitman (Meryl Streep), motivada en un atentado perpetrado por terroristas, en aquel país. El profesional, Anwar (Omar Metwally), quien jamás llega a destino -los EEUU- es salvajemente torturado por un funcionario de la policía secreta local, Abasi Fawal (Igal Naor), pese a que aquél se presume inocente. El impropio, ilegal e inhumano procedimiento ha de ser “supervisado” por Douglas Freeman (Jake Gyllenhaal), un agente de inteligencia norteamericano, quien ha sobrevivido al mismo atentado y que ha de lidiar con su propio despertar de conciencia. Al mismo tiempo, desde los EEUU, la esposa del desaparecido, Isabella (Reese Witherspoon), comienza un lastimoso periplo por hallar alguna pista que dé con su esposo, contactando a un antiguo colega, políticamente posicionado en el Senado norteamericano, Alan Smith (Peter Sarsgaard). Finalmente, en el marco de esta convulsa realidad, se destaca otra línea narrativa: el romance clandestino entre Fátima, la hija de Fawal, y un joven estudiante, no aprobado por la familia de la joven.
Como propulsado desde una impecable cinematografía a cargo de Dion Beebe (“Equillibrium”, “Colateral” y “Miami Vice”), Gavin Hood se ha sabido mover desde el terreno de las emociones más personales (“Mi nombre es Tsotsi”) hasta el drama ‘a niveles macro’, y es en esa transición en que Hood ha asegurado sus dotes narrativos.
El título original del film, “Rendition”, refiere a una práctica de aplicación extraordinaria aunque legal por la cual sospechosos terroristas son transferidos de una jurisdicción a otra para proceder a su interrogatorio; sin embargo, la misma se torna en ilegal desde el momento en que no se cumple conforme al debido proceso, es decir, con el permiso de la autoridad judicial competente, o cuando el interrogatorio deviene en una práctica de violación de derechos humanos. Dicha figura fue nutridamente reutilizada desde la administración Clinton y con posterioridad al atentado del 11 de Septiembre (*).
Sin embargo, no es la historia la que descolla en el film sino el relato, el modo cómo la misma es narrada. Desde un punto de vista teórico, podría afirmarse que entre el tiempo de la historia y el tiempo del relato se pueden establecer varios tipos de relaciones, una de las cuales -la que “Rendition” grafica vigorosamente- es la relación de mujeres desnudas, es decir, la posibilidad de que el tiempo de la historia y el del relato coincidan o no. Así, el relato planteado por el director sudafricano es anacrónico (esto es, “no sincrónico”) dado que los hechos relatados no respetan la cronología de la historia. Así, el film se abre con el atentado terrorista (punto cero del relato) para seguir una interesante progresión de su línea narrativa principal (la detención, tortura, desaparición y desesperada búsqueda de Anwar); la misma, se conjugará con una sublínea narrativa (el romance clandestino entre Fátima y el joven estudiante) en una pseudo progresión narrativa ya que en el momento en que este eje narrativo, aparentemente “menor”, atraviese aquel punto cero del relato (el atentado) ya referido, el espectador resignificará toda la construcción temporal de ese relato. Y en ese “giro” (más bien, un flashback o analepsis), es donde se inmolan o simplemente caen los inocentes de esta historia. Teóricamente, el director estructura una analepsis mixta (**). Dramáticamente, Gavin Hood despliega una analepsis que depura y ampara una demasiado costosa inocencia.

(*) El primer caso más resonado de esta figura fue el del secuestro del trasatlántico ‘Achille Lauro’, traspuesto a la pantalla chica desde el film “Voyage of terror: the Achille Lauro affair” (1990), con Burt Lancaster y Eva Marie Saint.
Por otra parte, vale la pena aclarar que a partir del 11/09, la figura de la “rendition” tendió a convertirse en una subrepticia práctica de remoción de sospechosos terroristas, fuera del alcance de todo procedimiento judicial, de la cual la base naval norteamericana de Guantánamo en Cuba es el mejor ejemplo.

En este sentido, recomendamos el film de Michael Winterbottom, “Road to Guantanamo” (2006), en el que se narra el periplo de “the Tipton Three”, un trío de musulmanes británicos, infundadamente sospechados de terroristas, quienes fueron confinados en Guantánamo por dos años, para ser luego liberados sin cargo alguno.

(**) Recomendamos la lectura de “El Relato Cinematográfico”, André Gaudreault y Francois Jost. Editorial Paidós. 1995.

Desapareció una noche, mientras la ciudad duerme

“Desapareció una noche” (“Gone Baby Gone”) es el primer largometraje del actor Ben Affleck, transposición de la novela homónima escrita por el mismo autor de “Mystic River”, Dennis Lehane. Junto al guionista Aaron Stockard, quien ya conocía a Affleck desde el exitoso proyecto “ Good Will Hunting”/ “En busca del destino” (1997, dirigida por Gus Van Sant), el actor devenido en promisorio director porno logra una película intensa que dispara complejos planteos morales.
“Desapareció una noche” se focaliza en los personajes de Patrick Kenzie (Casey Affleck en un excelente y discreto trabajo actoral) y Angie Genarro (Michelle Monaghan), una pareja -también a nivel sentimental- de detectives privados locales que son contratados por los tíos Beatrice y Lionel Mc Cready (Amy Madigan y Titus Welliver, respectivamente) de la desaparecida Amanda, de tan sólo cuatro años.
Pese a que la policía bostoniana trabaja denodadamente a partir de su unidad especializada en secuestros y desapariciones infantiles, liderada por Jack Doyle (Morgan Freeman) y sus detectives Remy Bressant (Ed Harris) y Nick Poole (John Ashton), Beatrice está convencida de que sólo Patrick y Angie pueden encontrar pistas investigando a los locales que no desean hablar con la policía. Y he aquí el punto en el que Ben Affleck despliega su potencial como narrador: en la descripción del elemento humano local, reforzado desde un casting de actores bostonianos no profesionales para los roles de reparto.
Situada en Dorchester, un barrio obrero y suburbano de Boston (en esa Massachussetts que vio crecer a los hermanos Affleck), “Desapareció una noche” recorre aguzadamente los rostros y las semblanzas de una topografía que va más allá de la mera exposición de la escena de un sospechado crimen; se trata de un magnífico inventario de particularidades humanas, lealtades casi tribales y ese localismo parroquiano que atraviesan el film, una y otra vez: los saldos de la inmigración irlandesa, vietnamita y la proveniente de Cabo Verde así como la movilización de un vecindario henchido de, precisamente, ese particular orgullo local. Como en “Good Will Hunting”, “Mystic River” y “The Departed”, “Gone Baby Gone” es absolutamente verosímil en esta reseña de la etnia y enclaves obreros bostonianos donde conviven personajes de cuidado que se hacen llamar porno, Big Dave y Skinny Ray
El haber crecido en Dorchester le reporta a los detectives un plus de desenvolvimiento en medio de una investigación que se emparenta con otra (el caso de un inmundo pederasta amparado por una pareja de delictivos cocainómanos) y que descubre capas y más capas de secretos y corrupción, incluyendo la sospecha de que la adicción a las drogas de la irresponsable madre de Amanda (Amy Ryan en una muy buena performance como Helene) haya contribuido al rapto de la pequeña y su posible muerte.
Así, cuanto más ahonda en la verdad Patrick, más se encuentra a sí mismo traspasando el umbral donde la diferencia entre el bien y el mal es muy difícil de distinguir. Y allí es donde el futuro de su pareja con Angie se puede hipotecar con tan sólo una decisión. Esta es la compleja intensidad -‘ontológica’- de “Gone baby Gone”: los personajes tan definidos y tan lejanamente arquetípicos, los matices de su accionar en el entramado de una ambigüedad moral que se sitúa más del lado de una osada decisión posiblemente (y sólo posiblemente) salvífica que del simple planteo policial-delictivo.
Tal es lo que trasluce el rostro de Patrick, sentado en el living de Helene, al final del film: los interrogantes acerca del precio a pagar por ‘hacer lo correcto’ a la vez que nosotros, los espectadores, junto con Patrick, nos preguntamos cuál es el alcance de la proverbial frase ‘hacer lo correcto’.